Cinco y cuarenta y dos minutos de la mañana de un lunes oscuro y sin esperanzas. Trágica escena para un joven de 21 años que aun tiene todo por vivir. El gélido frio de la madrugada genera corrientes de aire al adherirse con el cálido y espeso humor que embriaga las cobijas de la cama. Son las cinco y cuarenta y ocho minutos y una voz fuerte domina el pensamiento de aquel joven que sin opción alguna termina bajo la ducha del baño recibiendo pequeñas gotas de agua. No es la vida que alguien quiere tener, no es la vida que alguien ha deseado, no es la vida que él quiere vivir.
Los huevos sobre la mesa, el café y el pan al lado de los huevos y una señora con el pelo enjabonado grita “Ya está listo el desayuno, apúrele que se le va a infriar”. Es lunes y, con este comentario pareciera que fuera cualquier día de la semana, siempre sucede lo mismo, siempre es igual.
En la calle, la interminable bola de humo arrebata cualquier mezcla costosa contenida en un tarro fino y elegante. Es inevitable oler; a carro; a calle; a mugre; a ciudad. El día sigue oscuro y los rayos de luz solar no aparecen.
Es así como a las seis y diez de la mañana este joven de 21 años decide optar por una sabia decisión para una situación como esta. Lanzar su cuerpo a pocos metros del andén para genera un cambio súbito y vertiginoso al ritmo de su vida. Los camiones pasan, la maquina mezcladora portátil de cemento aumenta la velocidad de su movimiento al ser acelerada por un hombre gordo y grande que usa casco y camisa a cuadros. Una chicha, en bikini, observa desde el balcón de su apartamento aquel acto heroico.
Fue por amor, él sabía que el punto máximo de visibilidad para un balcón ubicado en el cuarto piso, era a pocos metros del andén y era exactamente allí en donde tenía que ubicar su cuerpo para ser observado por esta chica quien hacia mover su corazón un poco más rápido el lunes en la mañana.
Eran dos seres completamente diferentes, ellos no lo sabían, en ocasiones les comentaban y decían que eran hermanos, que se parecían mucho, que ya entendían por qué era que estaban juntos. Así vivían, así compartían desde lo más intimo hasta la más público y social. El fin de semana que terminaba con el lunes, había sido desastroso para aquella pareja. Las diferencias los ponían en conflicto, todo el tiempo se decían el uno al otro: es que si tú tan solo me entendieras, es que si tú te dieras cuenta de lo que yo necesito, es que si tú entendieras que yo no te quiero, es que si tú supieras lo que a mí me gusta… Y cuando no discutían por sus diferencias discutían por lo que habían dejado de hacer: antes me llamabas todos los días, antes saludabas a mis papas, antes me dabas más besos y abrazos, antes me dedicabas más tiempo y atención, antes salíamos a rumbear mas, ayer estabas más cariñoso… Hasta que algún de los dos reventaba el cáliz de la paciencia y gritaba: estoy mamado de que me jodas la vida, estoy mamado de que me lleves a donde no quiero ir, estoy mamado de tus reproches, ya no me aguanto más tu cantaleta, en qué momento decidí meterme con alguien como tú.
Las situaciones era caótica, al parecer no había solución. La noche del domingo termino con una pelea, que ya no era solo por los las diferencias y reclamos, sino por los gritos y empujones.
En casa, este joven se debatía entre los pensamientos y sentimientos, entre la película romántica que veía su primo y el solitario andar de las hormigas que arrastraban la comida en la cocina. No era fácil habitar el cuerpo, la angustia desbordaba la piel y generaba movimientos fuertes que resultaban en calor. ¿La llamo? Pero si la llamo, ¿qué le digo?, que me llame, que me busque. ¿Y yo?, ¿que hago mientras tanto?. Es que si tan solo fuera más seria, comprensiva, paciente…La situación sería más fácil, no tendríamos que discutir si ella cambiara.
La imposibilidad de verse a sí mismo a contra luz era su dificultad, tampoco sabía cómo hacerlo pero ahí estaba el problema y la solución, él solo conocía su rostro.
Al compartir su intimidad la situación se torno diferente, todo el tiempo se iluminaban sus opuestos, sus situaciones inconclusas, los personajes malvados, heridos y maltratados de sus sueños convivían con él y su novia. Es como si pasara de un yo agresivo a otro yo amoroso sin entender.
A las once y treinta y siete minutos de la noche del domingo una pulsión en su tórax le decía que tenía que morir, que era el momento de volver a empezar.
Fue así como parado a pocos metros del andén en el que decidió detener el tráfico, para generar un tumulto de carros, volquetas, buces repletos de seres humanos, mezcladoras móviles de cemento y hasta un camión cargado de caña que generaban sonidos despavoridos, gritos amenazantes, bocinas enardecidas, se calentaba la sangre de aquel joven de 21 años; que se había bañado con gotas de agua fría el lunes en la mañana. Fue inevitable contener el llanto, el niño que llevaba adentro lloraba fuertemente derrotado en el sucio asfalto de la ciudad diciendo que era él, que no culparan a nadie, que solo en él estaba la posibilidad de cambiar; el tiempo paro… Aun así, cientos de pasajeros que corrían contra la velocidad de sus relojes les parecía absurdo que un joven hiciera un comentario a estas horas de la mañana y que ellos no tenían que alcahuetear el consumo desmesurado de alucinógenos de está juventud. Aquellos que gritaban en sus mentes habían dejado de vivir, cientos de personas que presenciaban esté actor heroico estaban paralizadas, algunos habían logrado percibir un sentimientos que se desplazaban con la fuerza de la suavidad y que llegaba a su tórax, esté les decía que era el momento de morir y volver a empezar, que era lunes, que era otro día, que la mañana era gris, y que la pelea había sido ayer.
Mi amigo Francisco Marín