Estaba un hombre parado en la esquina de mis ojos, estaba él allí mirándome mientras yo lo miraba a él. Entre nuestras miradas veíamos las distancias tan cortas que atravesaban las montañas de mi conciencia pero a la vez eran imposibles de medir. El tiempo repentinamente se congelaba más con cada parpadeo de ojos y el cortante aire empañaba mis pupilas. Sin poder soportar el aire y la penetrante, y al mismo tiempo incomoda miradera, miré a mi alrededor… nada, nada existía solo yo. Estaba un hombre parado en la mitad de la nada mirando a otro hombre en la esquina de sus ojos. Como por arte de magia a este punto de este relato ya somos tres hombres mirándonos en la nada. Curiosamente el hombre, el que originalmente había visto en la punta de mis ojos, se torno azul, azul de mar y de frío. Empezó a derretirse cual peñasco de hielo se desdobla ante la imponencia solar. Lo vi pasar de estado sólido a no estado y en aquel preciso momento la nada era ahora una nada azul. Entonces cuando supe que no sabia lo que estaba pasando entendí que el suelo en el cual yo me reconfortaba, pues era lo uno que parecía real, se empezó a desprender como cuando se empúñala una hoja seca. Trate de correr, por lo menos en mi mente, pero fue inevitable, caí… en espera de agua fría y de un congelon de los que queman, caí en un vacío, un vacío interior… una soledad. Extrañé al hombre de la esquina de mis ojos y sentí al desquicie que perfuma a la soledad. Fue en aquel instante eterno que quizá por aquello de la gravedad newtoniana paré de caer. Físicamente seguí cayendo pero en mi mente no. Fue un desdoble espiritual donde el orgasmo de tu alma alcanza a tu espíritu y sientes por un segundo tu verdadero yo. Hermoso apasionante encuentro. Desafortunadamente las cosas buenas no duran más de un segundo y mi cuerpo termino de caer. He así como vivo hoy en día, físicamente cayendo y mentalmente buscando aquel segundo estelar.
Rocko
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